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Cuando vale más el malo por conocido que el bueno por conocer

Aurum CG
hace 3 días
2 min de lectura



Hay refranes que heredamos con tanta fuerza que terminan dirigiendo nuestras empresas sin que nos demos cuenta. Y uno de los más peligrosos es: "más vale malo por conocido que bueno por conocer."


Suena prudente, casi sabio. Pero en el mundo de los negocios, muchas veces es la justificación elegante de algo mucho más simple: el miedo a decidir.



Todos lo hemos vivido: el cliente que paga muy retrasado y consume la mitad del tiempo del equipo, pero "es de los clientes grandes". La máquina que se descompone cada mes, pero "ya sabemos cómo arreglarla". El colaborador que ya no aporta, o que incluso contamina el ambiente del área, pero "lleva muchos años con nosotros".


¿Por qué retrasamos estas decisiones?


Lo conocido nos da una falsa sensación de control. Cambiar implica esfuerzo, incomodidad y, sobre todo, el riesgo de equivocarnos. Además, confundimos lealtad con rentabilidad, y como ya invertimos tanto dinero, tiempo o cariño, sentimos que soltar es aceptar una pérdida.


El problema es que lo malo conocido no se queda quieto. Cada mes que lo sostenemos drena flujo de efectivo, ocupa recursos que podrían destinarse a oportunidades reales y, sobre todo, desgasta al equipo que sí está haciendo bien su trabajo.


Es como la rana en el agua que se calienta poco a poco: las empresas se acostumbran a las pérdidas hasta que un día ya no hay margen para reaccionar. Muchas crisis que parecen repentinas, en realidad son decisiones postergadas durante años.



Algunas recomendaciones para evitar caer en esta trampa:


Mide antes de opinar. Un tablero de control con indicadores claros convierte las corazonadas en datos. Lo que no se mide, se defiende por costumbre.


Calcula el costo de no decidir. Pregúntate cuánto te cuesta mantener esa situación un año más; usualmente ese número es más alto que el riesgo de cambiar.


Revisa periódicamente lo "intocable". Establece revisiones semestrales donde nada esté exento de análisis: ni el cliente más antiguo ni el proveedor de toda la vida.


Separa el afecto del negocio. Se puede ser agradecido con una persona y, al mismo tiempo, reconocer que su puesto ahora requiere alguien distinto. Una salida digna y bien planeada también es una forma de respeto.


Ten un plan B antes de necesitarlo. Explorar alternativas no te obliga a cambiar, pero te da la libertad para hacerlo cuando llegue el momento.


Lleva las decisiones difíciles a un órgano de gobierno. Un consejo o comité aporta objetividad y evita que el apego del dueño o del director frene lo que la empresa necesita.


Lo conocido no siempre es seguro; muchas veces solo es el camino que ya conocemos hacia el precipicio.


"La pregunta no es si te atreves a cambiar, sino cuánto más estás dispuesto a pagar por no hacerlo."




 
 
 

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