Crecer tu empresa no es obligatorio
Vivimos en una época en la que se nos repite sin descanso que hay que crecer: más sucursales, más ventas, más empleados, más todo. Pero pocas veces nos detenemos a preguntar algo esencial: ¿crecer para qué? Y, sobre todo, ¿crecer a qué costo?
Antes de hablar de expansión, conviene volver a lo básico: lo que hagas, sea un negocio, un oficio o una profesión, tiene que darte para comer y para vivir.
El primer objetivo de cualquier empresa es el sostenimiento: que te sostenga a ti y a tu familia, que te permita vivir bien, con dignidad, y sobre todo hacer las cosas que valoras. El crecimiento viene después; es una segunda etapa, no una obligación.
Hay una vieja historia que lo explica mejor que cualquier teoría. Un pescador sacaba buenos peces todos los días en su pequeña lancha. Un hombre de negocios lo observa y le dice:
—Usted pesca muy bien. Debería comprar más barcos y crecer.
—¿Y para qué quiero crecer? —preguntó el pescador.
—Para tener una gran empresa y trascender.
—¿Y luego?
—Luego se retira y se dedica a hacer lo que le gusta.
—Qué curioso —responde el pescador—. Lo que a mí me gusta es pescar, y eso ya lo estoy haciendo.
Esta historia no es una invitación a la comodidad ni a quedarse quieto. Es una invitación a la conciencia. No todas las empresas, ni todos los empresarios, nacimos para crecer sin límite.
Algunos encuentran su plenitud en un negocio mediano, bien administrado, que les da tranquilidad, tiempo con su familia y la satisfacción de hacer bien su trabajo. Otros sienten el llamado de construir algo más grande, y también está bien. El problema aparece cuando crecemos por presión social, por comparación o por ego, y no por convicción.
Las dos caras que he visto
En mi experiencia acompañando empresas familiares he visto negocios que crecieron más rápido de lo que su estructura y su gente podían soportar, y que terminaron poniendo en riesgo su patrimonio y la armonía familiar. Algunos incluso quebraron por un crecimiento tan explosivo para el que no estaban preparados.
Y también he visto empresas que se estancaron por miedo y dejaron pasar grandes oportunidades, negocios muy similares a los que ya tenían, donde solo era cuestión de mover algunas cosas para aprovecharlos. No crecer nunca y crecer a toda costa son los dos extremos, y ninguno es sano.
La clave está en encontrar tu propio punto de equilibrio: ese lugar donde tu empresa…
Te sostiene y te permite vivir decentemente.
Le da sentido a tu vida sin robarte la vida ni el tiempo con tu familia, que hoy es tan escaso y tan importante.
Crece, si así lo decides, de una manera equilibrada, sin llevarte a niveles de estrés que muchas veces terminan cobrando factura en la salud.
Ese punto es distinto para cada persona. Encontrarlo requiere honestidad para reconocerlo, claridad sobre lo que realmente quieres y, sobre todo, el valor de no forzar tu crecimiento por lo que opinen los demás.
Muchas veces vemos el crecimiento vertiginoso de otras empresas y creemos que tenemos que crecer a esa misma velocidad, a ese mismo ritmo. Y no siempre es lo adecuado. Cada uno necesita encontrar su propio ritmo, porque a fin de cuentas uno trabaja para poder vivir, y la vida muchas veces se va sin que nos demos cuenta.
"Al final, el éxito no se mide por el tamaño de la empresa, sino por la calidad de vida que tu empresa te permite vivir."
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